Son las 11 de la noche y estoy recién llegado a mi hotel de Queens. Mientras saco las cosas de la valija y las tiro sobre la cama, recibo un mensaje de mi hermana: “Pol, papá está mal y pide verte”.
Hacía unas semanas que estaba internado, pero su estado lamentablemente había pasado de estable a crítico.
Me pongo a buscar pasaje de vuelta a Argentina pero nada salía al toque desde NYC. Lo más rápido era volar a Miami para después conectar a Buenos Aires.
Rearmo valija, Uber a La Guardia, corrida al check-in y…
Vuelo cancelado.
Nuevamente los amigos de de American Airlines haciendo honor a sus nefastas tasas de puntualidad.
Caos. El contingente completo de pasajeros endemoniados de furia se dispone a hacer fila para explotar contra la señora del customer rervice de la aerolínea. No parecía tener mucho efecto, el desenlace de cada uno de esos pataleos era el mismo y, desde mi lugar en la cola, los veo salir uno tras otro con la misma figura cabisbaja y frustrada.
Llega mi turno, me acerco resignado. Cual bot y sin mirarme, la señora de AA me tira la misma data defaulteada que le venía tirando a todos los pasajeros; nos estaban pasando a un vuelo que salía al final del día, 12 horas más tarde. Casi no me sale la voz para responderle, estoy muy angustiado. Le pido que por favor me escuche. Levanta la cabeza y me ve…llorando. Me agarra la mano y me pregunta qué me pasaba. Le explico.
Linda, por suerte, no era un bot.
Dos segundos más tarde me está gestionando un asiento en un vuelo de JetBlue que estaba a punto de salir hacia Fort Lauderdale. De ahí me iban a pagar la hora de viaje en taxi hasta el aeropuerto de Miami, para así llegar a mi conexión original hacia Buenos Aires.
Tema recontra tocado, ¿no?. Se me cruzan todas las pelis que te puedas imaginar. El efecto Mariposa, Cadena de Favores, Sliding Doors…ni hablar Due Date, me hizo reír mucho. En todas la trama nos lleva por un paseo muy similar.
No tenemos la menor idea de las consecuencias que nuestras acciones diarias pueden tener en la vida de los demás. Para bien o para mal, una mínima interacción con alguien que tal vez jamás nos volvamos a cruzar en nuestras vidas, puede tener un impacto fuerte en la trayectoria de la suya.
Me gusta vivir pensando que las interacciones bebitas y fugaces que tenemos entre humanos, especialmente entre desconocidos, importan. Me gusta vivir conectado con esa mística del las marañas desconocidas que se tejen en el universo. Creo que es una de las cosas más lindas que tenemos como especie.
Desde hace un tiempo vengo intentando redoblar la apuesta en prácticas que me ayuden a ser más consciente de esas interacciones y mi rol en ellas, aún cuando tal vez nunca llegue a conocer su resultado. Meditar me ayuda porque me ancla en el presente para observar y poder estar al servicio de los demás. No esperar nada a cambio me ayuda, porque evito ese fucking default transaccional con el que nos machacaron durante tanto tiempo. Practicar gratitud me ayuda, porque registro con claridad cada vez que recibo ayuda y me recuerda que hago muy pocas cosas solo.
Las ruedas chillaron y me despertaron. Por un vientito cruzado, el Airbus de AA había rebotado un poquito más de lo normal en el asfalto de Ezeiza. Aplausos un tanto nerviosos, seguido por el característico ruidito de desabrochado prematuro de cinturones argentos.
Uber a la clínica.
El Gordo me vió y sonrió. Esa noche, me pidió que me quedara a dormir con él y le agarrara la mano.
Probablemente nunca la vuelva a ver en mi vida, pero gracias a la serendipitividad del empático y fugaz encuentro con Linda, puede llegar a ver a mi viejo.
Claro que importa lo que hacemos.
Abrazos y hasta la prox.